Después de 37 años no habrá corsos barriales en la ciudad de Buenos Aires

A lo largo de su historia hubo épocas de esplendor y prohibiciones


por Marta Gordillo



Desfile de murgas (Foto Télam)


Los festejos tradicionales de carnaval, con corsos barriales no se realizarán en febrero próximo en la ciudad de Buenos Aires a causa de los riesgos de la pandemia del coronavirus, primera vez que se suspenden luego de 37 años de festejos ininterrumpidos que dejaban atrás los años de prohibición de la última dictadura militar y de una historia de silencios y esigmatizaciones en medio del incesante empuje por disfrutar y celebrar la fiesta del Dios Momo.


La suspensión de los corsos lo anunciaron las murgas en una carta enviada al gobierno de la Ciudad “debido a la emergencia sanitaria de público conocimiento que aqueja al país producto del coronavirus, por lo que se ha decidido de manera excepcional no realizar los históricos corsos populares, barriales y gratuitos en su formato tradicional”.


Más de cien agrupaciones de carnaval, más de 15 mil murgueros, no podrán desfilar este verano por corsos y calles porteñas con su despliegue de baile y al son del bombo con platillo, pero realizarán streaming de actuaciones de murgas , muestras fotográficas itinerantes, radios abiertas, pintando murales y adornando las esquinas típicas de los corsos para mantener vivo el carnaval.


Pasaron 37 años desde que volvieron los carnavales a alegrar los barrios porteños y a revivir las agrupaciones de carnaval. Fue en febrero de 1984. Ocho años antes un decreto de julio de 1976 de la dictadura cívico militar eclesiástica, prohibía los carnavales.


Luego llegó la democracia, y eran pocas las murgas que habían sobrevivido, pero la fiesta del Dios Momo se fue desarrollando con los años y adquirió todo su esplendor, aunque sin feriados nacionales porque seguía rigiendo el decreto militar.


Hubo que esperar, con permanentes reclamos y movilizaciones, hasta 2010 para que vuelvan al calendario los históricos feriados de lunes y martes de carnaval en todo el país, y devolverle a la fiesta más popular y masiva del año, sus días de pasión y locura y esa idea de poder subvertir el orden.


Unos años antes, en mayo de 2004, la ciudad de Buenos Aires declaraba patrimonio cultural a las murgas y devolvía los feriados de lunes y martes a nivel local.


Desfile de murgas (Foto Télam)


En la historia de los carnavales se registran otras ausencias. Los relatos históricos dan cuenta de que el carnaval se festeja en Buenos Aires desde la dominación colonial con una fuerte impronta europea, y que luego de la independencia las costumbres se mantuvieron aunque entre 1829 y 1852, durante los gobiernos de Juan Manuel de Rosas, se prohibieron los festejos.


Luego en 1854 se volvieron a autorizar y retornaron los bailes de máscaras y los juegos de agua, que luego quedarían en el olvido.


En tanto el primer corso oficial de la ciudad de Buenos Aires fue en 1869, bajo la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, quien enamorado de los festejos que había conocido en Europa, dio curso a la celebración del carnaval porteño con murgas y comparsas compuestas por afrodescendientes que danzaban y tocaban al son del candombe.


Pero fue en esos carnavales que Sarmiento trae de Estados Unidos a las Compañías de Minstrels, que eran grupos cómicos de blancos que se pintaban de negro parodiando y burlándose de la población afrodescendiente a quienes consideraban inferiores.


El carnaval también fue escenario del pensamiento fuertemente racista y estigmatizante que se impartía desde el estado y los sectores blancos y ricos de la sociedad. Surgieron entonces muchas comparsas de blancos pintados de negro que hicieron furor por esos años.


Así fue como los negros se retiraron del espacio carnavalero y el candombe desapareció por muchas décadas de los festejos públicos, quedando relegado al mundo privado y familiar, donde siempre habían utilizado la práctica de la música en forma cotidiana y no con el sentido del carnaval.


Década del '60.Baile de "Candombe Porteño" en el sótano de "la Suiza" (Foto Biblioteca del Congreso)


En ese aislamiento se mantuvieron algunas asociaciones afroporteñas que festejaban el carnaval en lugares privados, como Casa Suiza, entre los años 1930 y 1970, mientras afuera en la calle y en clubes las murgas porteñas encontraban su primer momento de esplendor en los años 40, 50.


Esas murgas comenzaron a surgir producto de las influencias en las primeras décadas del 900 de los inmigrantes italianos y españoles que traerán nuevos ritmos e influencias del carnaval de aquellas culturas, mientras en los suburbios el tango y la milonga envolvían el clima con sus acordes.


La antropóloga y estudiosa del carnaval porteño, Alicia Martín señala en su trabajo ‘El carnaval en Buenos Aires como patrimonio intangible’, que “a fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX la gran inmigración impactó en la diversidad y cantidad de grupos que expresaban sus distintas tradiciones durante los carnavales”.


Caretas de carnaval, 1911 (Foto AGN)


Agrega que “se llamaban entonces orfeones, sociedades corales, filarmónicas, rondallas y estudiantinas de corte europeo; compartían y competían con sociedades de negros candomberos, comparsas gauchescas y asociaciones tradicionalistas locales”.


“Estas agrupaciones llevaban al gran escenario del carnaval las formas folclóricas de sus lugares de origen”; y hacia 1930 “los grupos de carnaval que se unían por afinidades étnicas y nacionales, pasaron a representar barrios”, destaca.



Carnaval de 1903. Salida del Dragón (Foto AGN)


Pero la década del 30, que fue una década “infame”, restrictiva, de persecución y fuerte control social, también descargó su crisis sobre los carnavales, con restricciones y prohibiciones.


Por su parte la socióloga Leticia Maronese, plantea en “Carnaval Porteño, entre la fiesta y el espectáculo”, que “hasta los 50 se realizaban grandes fiestas en teatros como el Opera, San Martín, Cervantes, que se replicaban en los cine-teatros barriales”.


Por entonces, “seguía teniendo importancia el corso de la Avenida de Mayo y el baile en el Pabellón de las Rosas, pero se realizaban bailes en todos los clubes y corsos en los barrios más importantes”, dijo la especialista; y fue esa modalidad de corsos barriales lo que selló la identidad del carnaval porteño extendiéndose en las últimas décadas cada vez a más barrios de la ciudad.


A su vez desde el interior del país llegaban a Buenos Aires, en esas décadas trabajadores en busca de un destino mejor.


Se irá produciendo así una confluencia de géneros, bailes, estéticas, acordes, y formas de organización que desembocarán en ese esplendor de las murgas de los años ’50, y su continuidad en los ’60.


Es la murga porteña con su crítica, sus trajes y su presencia prácticamente masculina que recorría en camiones los barrios de la ciudad.


En tanto, mientras los barrios festejaban, en 1953 “se suspende el corso oficial y se prohiben los barriales; la muerte de Eva Perón -que había sucedido el 26 de julio de 1952- pareciera ser la causa”, afirma la especialista


”Sin embargo, -continúa- el carnaval se refugia enteramente en los barrios. En 1955 la prensa informa que se desarrollaron más de 100 corsos barriales. En 1957 una nota del diario La Razón señala que apareció un ritmo nuevo que hace furor: el rock and roll y un nuevo disfraz y personaje: el petitero”.


Y continúa: “En 1959 el mismo diario afirma que la austeridad obliga a no realizar el corso oficial y se refiere a lo prohibitivo que resulta, por su precio, la compra de serpentinas, caretas o papel picado. Se dice que es ‘un carnaval triste, sin pitos ni maracas, sin disfraces ni máscaras'".


Hacia fines de los años 80 y 90, pos dictadura, las murgas y el carnaval porteño comienzan a tener un gran despliegue con nuevas formaciones y composiciones, que se expande y alcanza un desarrollo sin precedentes al iniciarse el nuevo milenio.


Las murgas comenzarán a estar integradas no solo por hombres, se suma la mujer sobre todo en el baile, se incorporan más instrumentos, aparecen las coreografías en el baile, comienzan a organizarse talleres para aprender murga en sectores medios, y se inicia una distinción entre las murgas de taller y de barrio, que con el correr del tiempo y sobre todo en los últimos años, se disipó.


Murga porteña (Foto Télam)


Hoy más de 120 agrupaciones de carnaval porteñas son las que garantizan los festejos del Dios Momo, además de realizar actividades sociales y comunitarias en sus barrios. Se organizan durante todo el año para llegar a febrero con todo el despliegue y la pasión de vivir la alegría del carnaval, como expresión artística popular que transmite en los movimientos de su baile, en los acordes de su percusión y en sus canciones, el sentir de las barriadas.


Murga porteña (Foto Télam)