“El 2001 vino a instituir el fin de la última dictadura militar”




Tras los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre de 2001 y la caída de Fernando de la Rúa, los momentos de tensión social e inestabilidad política continuaron con movimientos en las calles y con la sucesión de cinco mandatarios en el lapso de once días.

Ante el vacío de poder, asume el 23 de diciembre Adolfo Rodríguez Saá, quien anuncia la suspensión del pago de la deuda externa, lanza un feriado bancario, plantea una nueva moneda y mantiene restricciones para el retiro de fondos de los bancos.

La gente en las calles reclama su renuncia, y el 31 de diciembre asume el presidente del Senado, Ramón Puerta, quien inmediatamente abandona el cargo y lo reemplaza en forma interina el titular de Diputados, Eduardo Camaño, quien convoca a una Asamblea Legislativa. El 1 de enero de 2002 Eduardo Duhalde es elegido para culminar el mandato del ex presidente radical.

“Desde diciembre de 2001 a julio de 2002, los movimientos populares que se multiplicaron fueron un poder en la vía pública y una presencia visible en las provincias, sobre todo con el corte de rutas e importantes avenidas, tanto en Buenos Aires como en las capitales provinciales”, destacan los sociólogos James Petras y Henry Veltmeyer, en “Movimientos Sociales y Poder Estatal”.

Y plantean que en ese momento había dos sectores bien diferenciados: “por un lado los piqueteros, las asambleas vecinales, las fábricas ocupadas, y por otro, el aparato estatal existente”.

En este sentido, los investigadores y docentes de la Universidad de Buenos Aires, Daniel Campione y Beatriz Rajland destacan en “ Piqueteros y trabajadores ocupados en la Argentina de 2001 en adelante” que “el gobierno de Duhalde no logró un consenso amplio, pero sí una cierta tolerancia que le permitió superar el momento más crítico, en julio de 2002, cuando la conjunción de la inflación resurgida, la desocupación en su punto más alto y los salarios en el más bajo, se sumó a la demostrada culpabilidad del aparato estatal en el asesinato de dos dirigentes piqueteros, Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.”

Y al caracterizar específicamente el 2001, expresan que “el hecho de que un presidente tenga que huir de la Casa de Gobierno acosado por una manifestación popular masiva que no retrocede ante la represión, constituyó de por sí una novedad trascendente, un salto cualitativo en el poder efectivo de las masas para cambiar el rumbo político del país”.

No parecía haber cauce para esa situación. Seguían sonando las voces del 19 y 20, “como una protesta que plasmaba lo que pasaba en nuestra sociedad, el hartazgo, la falta de trabajo y esa crisis económica, política y social que terminó en las calles con la gente protestando y el punto de inflexión que significó la declaración del estado de sitio”, dijo a Vertientes del sur, Federico Efron, abogado del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).

”Y ese punto de inflexión -continuó- la sociedad lo entendió correctamente como una muy mala señal, no era lo que estaba esperando del estado, por eso salió a las calles y la respuesta del estado fue violencia, fue 'no vengan a protestar', y para eso dispusieron de un operativo muy grande, muy violento, que se dio a lo largo del país”.

En tanto para la socióloga e investigadora Maristella Svampa, “en 2001 se produce sin duda el quiebre del consenso neoliberal y una crisis en la hegemonía de los sectores dominantes, que tiene como correlato, por un lado, el colapso del modelo de convertibilidad, que implicó la exclusión de grandes sectores, por otro lado, la acumulación de fuerzas, en términos de luchas realizadas por distintos actores”.

“El 2001 marca también la emergencia de nuevos actores, de nuevas luchas”, expresa la especialista en su intervención en el encuentro del Equipo de Ecuación Popular, del 18 de diciembre de 2006.

Para Svampa, los sucesos de diciembre de 2001 convirtieron a la Argentina en “una suerte de laboratorio social, expresado no solo por las asambleas barriales, sino también por las fábricas recuperadas, por las protestas de los ahorristas, y por supuesto, por las luchas piqueteras”.

Planteó que la consigna “que se vayan todos” mostraba una gran limitación, “en tanto y en cuanto era una consigna puramente destituyente, una consigna negativa a partir de la cual no pudieron articularse políticas unificadoras, proyectos alternativos en común a partir de los cuales confrontar con el régimen que estaba en crisis”.

Y marca a junio de 2002, con “la masacre del puente Pueyrredón”, como otro punto de inflexión” porque expresó el llamado a una estrategia represiva por parte de un gobierno débil y con una crisis de legitimidad muy fuerte. Asimismo, ese golpe mostró de manera trágica la centralidad de las organizaciones piqueteras y también la vulnerabilidad de las mismas”.

En tanto, Miguel Mazzeo, profesor de historia de la UBA, sociólogo e investigador de los "nuevos movimientos sociales”, expresó en uno de sus trabajos en Voces en el Fénix que el 19 y 20 de diciembre de 2001 “vino a instituir el fin de la última dictadura militar (1976-1983), es decir: puso en evidencia la caducidad de algunos de sus efectos más depravados que aún persistían”.

“No sólo -continúa-porque se superó el miedo y se trabaron los mecanismos que frente a él reproducían las automáticas respuestas atomísticas y adaptativas, sino también porque se generó un clima que convocaba al rechazo de los comportamientos no solidarios y privatizadores y al cuestionamiento de las estructuras elitistas de los signos más diversos, al tiempo que auspiciaba todo tipo de tendencia asociativa y la recuperación de los cuerpos y las calles como fundamento de la política”.

A su vez, marca el período que va del 19 de diciembre de 2001 a junio del 2002 como momentos constitutivos para pensar y accionar sobre la nueva realidad que se abría y destaca dos acontecimientos: “la insurrección popular que derribó al gobierno de Fernando de la Rúa” y la “‘Masacre de Avellaneda’.


Por su parte, desde México y al año siguiente de los acontecimientos del 19 y 20 de diciembre el Subcomandante Marcos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, se refirió a la consigna que recorrió las calles durante esas jornadas: “La Argentina sigue siendo generosa; antes dio al mundo al Che, ahora da todo un plan de acción mundial. Porque ese ‘¡Que se vayan todos!’ no es sólo una consigna. ¡Viva la rebeldía argentina!”.


MG

(agradecimiento a los fotógrafos de Télam)