La huella indeleble de Zapata

A 102 años del asesinato de Emiliano Zapata, su acción revolucionaria sigue latiendo en Latinoamérica


por Marta Gordillo


Emiliano Zapata Jefe del Ejército Libertador del Sur

Tierra y libertad. La tierra es de quien la trabaja, son las voces que quedaron sonando en territorios mexicanos, cuando una sórdida descarga de balas impactó en el cuerpo de Emiliano Zapata el 10 de abril de 1919 en una hacienda del estado de Morelos bajo la orden del general Jesús Guajardo, quien le había tendido una emboscada y fuera luego premiado por el presidente de entonces Venustiano Carranza.


Zapata, una de las figuras más simbólicas y revolucionarias de Latinoamérica, expresó el sentir del campesinado mexicano con una proyección que recorrió el mundo y dejó una marca en la historia del país tan profunda y cierta que 75 años después de su asesinato se levantaron en armas campesinos indígenas del sureño estado de Chiapas enarbolando sus banderas.


Era el 1 de enero de 1994. Entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, firmado por los gobiernos de los tres países de la región, que subsumía a México bajo los designios norteamericanos a través de la liberalización de una zona comercial en que las ventajas y ganancias irían a sus socios imperialistas y hundiría en el estancamiento a la economía mexicana.


De Zapata al zapatismo, podría ser la extensión del siglo XX mexicano, comenzando en 1910 con la revolución que destruye la dominación oligárquica, una lucha que se extenderá durante toda esa década, y concluyendo con la construcción en 1994 de un poder regional alternativo en manos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.


Zapata junto a otros líderes y soldados revolucionarios

La revolución se inicia con el llamado del político reformista Francisco Madero a levantarse en armas contra el gobierno de Porfirio Díaz en aras de instaurar un régimen constitucional. Lo apoyan Zapata en el sur y Pancho Villa en el norte.


Contra las previsiones de Madero, quien llega a un acuerdo con los porfiristas para abandonar las armas y ocupar el gobierno, la revolución no se detiene, se traslada de las ciudades al ámbito rural y se vuelve contra él.


Fueron las promesas incumplidas de devolución de tierras, y la traición de Madero una vez en el poder, lo que le dio una dimensión diferente a la revolución, que se hizo campesina y avanzó con el Plan de Ayala de Zapata basado en la restitución de las tierras y con un proyecto político de un nuevo orden social.

Y si bien cuando lo matan a Zapata, tras un proceso revolucionario complejo, donde termina enfrentándose el ala agrarista de Villa y Zapata contra los constitucionalistas liderados por Carranza quien toma el poder en 1917, el legado del “caudillo del sur” ya había partido la historia de México en dos.


“Los que básicamente hicieron la revolución no la ganaron. Sin embargo consiguieron que su demanda central, la reforma agraria, no fuera excluida”, escribe el antropólogo y político mexicano Arturo Warman, en La lucha social en el campo de México.


Ningún gobierno posterior a la revolución podrá dejar afuera de sus postulados la demanda campesina aunque nadie avanzará decididamente en el reparto de tierras hasta el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1940).

Zapata y Villa firman el 4 de diciembre de 1914 el Pacto de Xochimilco. Dos días después toman la ciudad de México

El modelo de la oligarquía que venía del siglo XIX y había construido un México de fuertes contrastes entre las grandes riquezas de los hacendados y la pobreza de los pueblos quedó atrás, “los campesinos constituyeron la fuerza más poderosa en la destrucción del viejo orden”, asegura Warman.


Para este autor, la concepción del zapatismo radicaba en que “el problema de la revolución no era la captura del gobierno sino su disolución para proceder a una reformulación del Estado. La revolución era concebida como un proceso y no como un acto de toma de control”, y debía desarrollarse “en la base de la sociedad y no en la cúspide”.


Es así como durante la revolución y en el marco de los enfrentamientos armados, el zapatismo realizaba lo que promulgaba. Desde 1912 comenzaron en la región de Morelos y zonas aledañas que dominaban, la reforma agraria con la restitución de las tierras usurpadas por los terratenientes y la expropiación de tierras para pueblos y ciudadanos.


“En el zapatismo se refleja el movimiento social más avanzado, más radical, más profundo que ha cambiado las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales no sólo en la historia de México, sino que es el movimiento social más importante en la historia de América Latina desde el punto de vista de los indígenas, de los campesinos”.


Pancho Villa y Emiliano Zapata entran victorioso en Ciudad de México

Así comenzó definiendo al zapatismo Felipe Ávila, historiador, académico de la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) y director del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México , quien junto con el también historiador y académico Pedro Salmerón escribieron Tierra y Libertad. Breve historia del zapatismo.


“Estoy convencido -continuó durante su presentación en la Feria Internacional del Palacio de la Minería en 2019 en México- que el zapatismo realizó la más profunda reforma agraria en la historia del país, una reforma agraria desde abajo donde los pueblos y las comunidades campesinas indígenas recuperaban inmediatamente sus tierras y las defendían con las armas en la mano“.


El proyecto zapatista abarcó el tema de la gobernabilidad "con propuestas muy radicales, fue enemigo del presidencialismo , de la concentración del poder en manos del presidente de la república y llevó a la práctica un gobierno parlamentario, el de la Soberana Convención (de Aguacalientes en 1914) sostenido por los ejércitos villista y zapatista”, señaló.


Ávila destacó los mecanismos políticos inéditos que implementaron, el plebiscito y la revocación de mandato. Planteaban que los grandes temas que afectaban a la sociedad mexicana “no tenían que ser decididos por políticos, ni gobernantes, ni élites, ni especialistas con doctorados sino que la gente tenía la capacidad para entender qué los beneficiaba y qué los perjudicaba y que tenían que decidir”.


“Y que si los funcionarios o gobernantes no cumplían con su misión la sociedad debía sustituirlos”.


En coincidencia con Warman cuando dice en El proyecto político del zapatismo, que para el movimiento del sur la soberanía popular es “una democracia directa, radicada permanentemente en las unidades sociales que controlan la tierra, poseen autonomía para organizar la producción, tienen funciones políticas y de gobierno y de poder armado”, Ávila también dirá que proponían una democracia participativa, directa.


Mujeres del Ejercito Libertador del Sur

Otro aspecto que quedó silenciado es que “el zapatismo fue la corriente revolucionaria que le dio más peso a la necesidad de que las mujeres tuvieran los mismos derechos que los hombres, incluso el ejército zapatista fue el único ejército revolucionario donde hubo mujeres que alcanzaron el grado de generalas”, destacó Ávila


“Es una historia que nos sigue enseñando, que nos sigue mostrando el camino. El lema del neozapatismo de mandar obedeciendo es lo que hacía Emiliano Zapata; el zapatismo era un gobierno al servicio de la gente, Zapata era un líder que sabía escuchar, entender y sabía qué hacer; ese era el gobierno más cercano de la gente”, expresó Ávila


“Y esto no era ninguna teoría sociológica o filosófica importada, no era ninguna ocurrencia de los intelectuales, era casi sentido común con una noción muy clara de la justicia y con una voluntad política férrea, esto es lo que enseña el zapatismo original y es algo que debemos prestar atención. Estoy convencido de que el zapatismo de Emiliano Zapata sigue vigente y es muy valioso para resolver muchos de los problemas que tenemos enfrente”, enfatizó.


Emiliano Zapata asesinado en una emboscada

Mirá también: El Caracazo, la primera rebelión popular contra el neoliberalismo en América Latina

"Fue lo mejor que le pasó al mundo"